jueves, 17 de julio de 2008

LIBIDO EXTREMO


En un cuarto de hotel, se encuentran los amantes, la mujer que se inspira en el esperado encuentro, el hombre que anhela prolongar el momento, son las 6 de la tarde, y los dos estan dispuestos, a prodigarse las caricias, los besos y los mimos, que guardaron en sus mentes durante tanto tiempo.

Se percibe en el aire un aroma sublime, feromonas liberadas que provocan un estallido de hormonas en el cuerpo, y hacen reaccionar la mente para agudizar los sentidos básicos y despertar los suprasentidos del mundo interno, el mundo invisible que lleva pensamientos, emociones, sensaciones, impresiones, deseos y visiones, haciendo despertar la sensibilidad del cuerpo, y así disfrutar de cada roce que se produzca entre los cuerpos.

La imagen es fantastica, la mujer besa con pasión librandose de sus vestiduras, dejando lo mas mínimo sobre su cuerpo, para incitar la mirada furtiva y las manos seguras. El hombre corresponde acariciando su figura, despejando el camino para perder la cordura, quitando su propia ropa y permitiendo, que su piel transpire por el calor producido, entre pieles que se tocan, con movimientos incitantes, caderas que se juntan perdiendo la compostura, manos que frotan, rozan, acarician, hurgan entre pliegues corporales, arrebatando la tela que te ata a la cordura, liberando el libido extremo, el morbo de dulzura, la sensualidad maxima la sexualidad pura.

Ya en ese momento, los sonidos son una orquesta sin partitura, los gemidos se escuchan acompañados de respiraciones fuertes, voces susurrantes que piden más, más tiempo para extender el placer, más ganas para derrochar en el instante aquel, cuando finalmente ese hombre este dentro de aquella mujer.

Pero, la premura no les acompaña, y se deleitan en los previos que se permiten uno a otro. La mujer acaricia entre sus manos, el cuerpo endurecido por la gran irrigación sanguinea, besando, lamiendo, mordiendo, lo que su cuerpo le esta pidiendo. El hombre, se deleita con la piel tersa, los senos desnudos con sus pezones endurecidos, los brazos que le rodean, la cadera torneada, los gluteos protuberantes y labios humedecidos, recorriendo con sus dedos la hendidura, que cálida, humeda y entreabierta, espera palpitante.

Las piernas de la mujer, que un momento la mantuvieron en pie, ahora, abiertas y flexionadas, tiemblan... un cuerpo endurecido se desliza sobre la endidura femenina, sin entrar en ella, solo colocandose verticalmente sobre ella, sintiendose aprisionado entre los labios mayores, sintiendo los menores, y bañado en tibio liquido que emana del centro de su deseo, como evidencia fisica del pensamiento mutuo, queriendo unir sus cuerpos, entregarse por completo.

Finalmente la mujer toma las riendas, tomando entre sus manos lo que su cuerpo le grita, dirige su estructura hasta el punto deseado, proyectando su cadera hacia adelante, para tener dentro de ella, un cuerpo palpitante. La humedad, lo cálido, lo turgencia de la anatomía de ambos, produce un resultado que las palabras no alcanzan para describir.

Entra y sale, presiona y palpita, se mueven constantemente, en circulos, en lineas, sin limitaciones preconcebidas, de lo que sus mentes les indica. El hombre sobre la cama, la mujer cabalga sin prisa, disfrutando con sus cuerpos la naturaleza infinita; la mujer la mujer sobre la cama, apoya codos y rodillas, mientras el hombre detrás de ella, con pasión su espalda acaricia, sus dedos enredados entre la cabellera femenina, mientras gozan a plenitud el placer que la posición les grafíca.

Es un gemido profundo, y una contracción corporal mutua, lo que hace explotar los dos cuerpos en imponderables descargas líquidas, quedando extenuados los amantes, de sudor cubiertos y llenos de placer, su libido satisfecho, y las ganas minimizadas, se besan suavemente como acariciando sus bocas, intimamente el hombre recorre el cuerpo de la mujer, hasta llegar al lugar más erogeno de su amante, la minúscula protuberancia de piel sensible, protegida entre pliegues de carne rozagante, es descubierta por la lengua del hombre, que frota suavemente el corpusculo delirante.

No pasa mucho tiempo, quiza un minuto ó dos, desde el inicio del beso incitante, cuando nuevamente estan entregandose, deliciosamente los dos amantes... asi sucede tres veces, casi cuatro... Pero se hace tarde. Ya son las 9 de la noche, y los amantes tienen que separarse.

En ese instante, pliego mis alas, el Angel Negro vuelve a su cuerpo andante...